En cualquier novela que se precie, salvo las de Jessica Fletcher, la tarea de un buen detective consistía principalmente en encontrarse en el lugar oportuno, en el momento equivocado. La presencia de Hercules Poirot en un tren, o en una cena, eran hechos absolutamente imprevisibles que el supuesto asesino no podia tener en cuenta. Caso aparte, como decíamos, merece Jessica Fletcher, a la que bastaba con invitar a un cumpleaños para deshacerte de cualquier vecino molesto, amante despechada o marido adultero.
Una vez situados en el lugar del crimen, descubierto el cadáver, y localizados los sospechosos, el procedimiento habitual consistía en encontrar el arma del crimen, que en muchas ocasiones se trataba de un atizador de chimenea, veneno, o mas dificilmente una pistola.
Con todos estos ingredientes, (y aquí es donde la cosa se pone difícil), la parte más importante consistía en averiguar cual de los sospechosos tenía un móvil, y hoy en día, para desesperación de cualquier detective, y para mas de uno, todo el mundo tiene un móvil.
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